Artistas Revista

Víctor Pérez-Porro – El amor al muro

Unas veces el arte completa lo que la naturaleza no puede realizar; otras el arte imita a la naturaleza”  (Aristóteles, Física, II-8)

El tiempo no ha pasado en Palo Alto, la Fábrica Cultural más antigua de Barcelona que, como Hangar, fue fundada por artistas y creadores antes de que los técnicos y gestores de la ciudad vieran en el reciclaje de naves industriales para la cultura un complemento ideal para el distrito 22@ y una buena estrategia de marca barcelonesa. Más hiedra
en los muros, mucha luz entrando por las ventanas y, como hace ya casi treinta años, creatividad a raudales; de la buena, de la que no se deja programar.Víctor Pérez-Porro está en Palo Alto desde el primer día: ahí ha transcurrido su vida hasta hoy con idas y venidas y un pie en el Empordà, regresando siempre de tal modo que él y su obra forman un todo inextricable que se expande y ocupa el estudio acogedor, tranquilo y luminoso en esta mañana de enero.
Me cuenta cómo el compromiso entre oficio y actitud le han acompañado siempre:
Di muchas vueltas al  principio…medicina, arquitectura…y al final me fui a Nueva York, a viajar, a vivir. Allá fui asistente de una excelente pintora mural, Lucrecia Moroni. Y así fue como descubrí el oficio y encontré una profesión que de verdad me gustaba: el trompe l’oeil. Comprendí que si aprendía aquél arte estaría en contacto con algo que materializaba mis inquietudes, que les daba cuerpo y expresión. Ella me ayudó a encontrar, en Bruselas, a mi maestro, Van der Kellen. Pero tampoco me quedé ahí: la actitud del artista es un proceso de búsqueda para el cual el oficio es imprescindible, pero no suficiente. El arte, además de oficio es una actitud. En 1996 me presenté a una beca de la Academia de España en Roma y me la concedieron. Aquello dio un giro de 180 grados a mi carrera. Allí en Roma me di cuenta de que podía sacar un pedazo del muro y ponerlo en un cuadro, “destruir” la realidad para sacar yo algo de dentro de mí y a la vez, pintarla. Transformar la pintura mural en pintura “de caballete” ha cambiado mi manera de afrontar lo que pinto. Yo ya conocía la alquimia de la pintura, los medios, los pigmentos, las texturas, los materiales… pero algo cambió en la intención, en la manera de usarlos. Siempre he sido consciente de cuántas personas han trabajado con estos materiales antes que yo y de cómo han ido aportando entre todos descubrimientos, variaciones y mejoras hasta llegar a lo que hoy sabemos. El tratamiento de la cal, por  ejemplo…Pompeya, los frescos de los palacios barrocos, las pinturas del romanticismo. Ahora quizá ya no soy tan consciente, no lo pienso cada día, pero la mochila, la llevo. Con la pintura me he liberado del encargo pero no del oficio, que me da mucho, y al que yo también me entrego porque sé que es lo que sostiene todo. El oficio para mi es lo contrario de la teoría, yo siempre regreso a él. Me hace pensar en el oficio de artista, en tantos siglos de pintores que ejercieron sin buscar protagonismo ni autoría. Y en tantos pintores que han trabajado en talleres, en sagas  familiares, en el anonimato, aunque la firma se convirtiera, a lo largo de los siglos en la marca más evidente de la personalidad occidental de la pintura. 

En el muro y fuera del muro está la abstraccióncomo un bajo continuo sobre el que las melodías se sugieren en forma de colores y geometrías sencillas. La abstracción es para mí un camino de belleza. Tiene que ver con la simplicidad y también con los juegos matemáticos. Aunque después nadie lo sepa, hay relaciones numéricas en toda mi obra, y son muy importantes en el proceso de creación. A veces todo está muy calculado y medido, otras todo funciona de manera natural y sin cálculo; en todo hay proporción y medida pero puede ocurrir casi sin que yo me lo proponga.
Trabajo para el espacio, aunque después cada obra es independiente, viaja y tiene su vida propia y su historia lejos de mí. Si me proponen una  exposición con suficiente antelación me hago una maqueta y con ella pruebo cómo van a funcionar las piezas en el espacio, todas juntas. El diálogo entre las obras es muy importante en una exposición. A veces pinto el muro, y las obras se integran en él de manera continua. Evidentemente, si ya tengo los cuadros me adapto. Busco la manera más armónica de colocarlos y siempre puedo encontrar un compromiso. Pero la  maqueta es fundamental, porque me permite ver lo que va a ocurrir y verlo en tres dimensiones. Creo que es algo que viene de mi oficio de pintor mural, también. Al final creo que todo mi proceso creativo es un camino para volver al muro, pero desde un lugar totalmente distinto.
Pintar es un camino muy incierto, y solitario. Como pintor a veces no sé lo que hago. Hay momentos en que la  inutilidad del arte me pesa. Sobre todo en el mundo de hoy, donde todo es muy rápido, todo se consume muy deprisa, y lo que no sirve, se tira. A veces me pregunto qué hago aquí en el estudio con mis colores y mis rayas, para qué sirve lo que hago, me lo cuestiono todo, pero también me doy cuenta de que no sabría hacer otra cosa. Es lo que puedo ofrecer, y a la vez es lo que necesito. Por eso sigo aquí y aquí me encontraréis peleando y gozando con mi trabajo.

Texto: Clara Garí
Fotos: Helena Poch

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