Mi Empordà Revista

Juan Manuel Soldevilla- Empurbà

Todo el mundo tiene su Empordà, y éste viene marcado por la experiencia personal, por la herencia familiar, por las lecturas acumuladas, por la tradición, por las ilusiones o por las fantasías. Para algunos el Empordà es un paseo por la Albera, para otros un atardecer en la bahía de Roses, o una excursión a la Mare de Déu del Mont, o la panorámica de la costa desde Sant Pere de Rodes, o un chiringuito a pie de playa. O una comida en el Motel. O todas esas cosas a la vez.

Foto de Olga Reixach
Foto de Olga Reixach

Para mí el Empordà es una experiencia urbana, y donde más siento la identidad de la comarca es en las calles de Figueres. Y  me gustan los campos y la montaña, y los choringuitos, y los viñedos y olivares. Pero mi Empordà está hecho de asfalto y aceras, de semáforos y de ascensores, de trenes y autobuses, de gente, de mucha gente correteando arriba y abajo por la ciudad. Me gusta el tráfico serenamaente caótico de los jueves, las calles silenciosas y las carreteras que se han convertido en avenidas, practico el senderismo urbano y me siento feliz, caminando desde la antigua estación hasta la estación del AVE, me inquieta y me atrae la gente extraña – yo también soy uno de ellos? – que camina por la ciudad desierta un domingo por la tarde. El Empordà que percibo como más mío es el que te ofrece la posibilidad de pararte a hablar, una esquina sí y la otra también, cuando intentas desplazarte por el tejido urbano. Figueres es la ciudad de amigos, conocidos y muchos, muchos saludados, que te obligan a ir por las calles repatiendo gestos de cabeza corteses y cordiales, y en ella me gusta pasear con aires baudelerianos. Mi tramontana no es la que agita las encinas de Maçanet o esparce la olas por el paseo de L’Escala, mi tramontana es la que peina el Parc-Bosc o la que estalla en la confluencia de la calle Sant Llàtzer, la calle Pompeu Fabra y la estación de autobuses, y te tira al suelo si no vas preparado para asumir el empuje del viento. Sé que todo ello es una visión parcial, heredada de mi infancia y juventud barcelonesa, pero en medio del rumor comercial que rodea el Ayuntamiento o cruzando la silenciosa Rambla de las tres de la madrugada -nunca está tan imponente-, yendo a mi parada del mercado o escuchando la voz políglota que anuncia en cuatro lenguas la llegada de un tren media-distancia procedente de Barcelona-Sants es cuando más siento que estoy en el Empordà. Y es una tierra única.

 

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Juan Manuel Soldevilla Albertí

Juan Manuel Soldevila Albertí es profesor de literatura en el Instituto Ramon Muntaner de Figuerres, Escribe y habla de muchas cosas (literatura, cómics, cine…) y a menudo lo hace sobre Figueres y el Empordà, donde vive desde hace más de 25 años.

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