Empordaguia


Un paseo por el núcleo antiguo de Roses

 

carnaval
carnavalp
ciutadela
dscn0032b
falconera2007
roses

Un domingo de otoño o, incluso de invierno, soleado y con la luz claramente oblicua, a la hora que los aldeanos van o vienen tranquilamente de la pastelería. La propuesta: descubrir el casco antiguo de Rosas.

O, también, podría ser una tarde de mayo, cuando el sol empieza su lento declive detrás del anfiteatro montañoso pirenaico. En estos casos, un paseo calmado y curioso por el casco antiguo de Roses, levantado durante la segunda mitad de siglo XVIII a partir de los parámetros urbanísticos de las ciudades coloniales americanas. Frágiles viviendas de pescadores, pequeños detalles ornamentales aquí y allá, divertidas formas viarias o espacios de recogimiento son, algunos de los atractivos que ofrecen las estrechas calles de Roses. La luz penetra amable y tímida, y sólo sirve para dar valor a lo que el ojo humano tiene que escoger entre la acumulación que los años turísticos ha sedimentado.

 

Grandes familias

Un paseo por Rosas se tendría que segmentar en dos recorridos diferentes, que responden a la propia división de la población. En primer lugar, está el barrio de Roses, que comprende desde el corazón de la Ciutadella hasta la riera Ginjolers. Es el barrio tradicional de la burguesía, el espacio de las élites locales que tanta fortuna hicieron en la economía y la política catalanas, de los Pi-Sunyer , Rahola, Llorens Matas… Su legado es, de los más perdurables y no se puede dejar de contemplar lo que queda de los imponentes caserones modernistas situados en la fachada marítima: la casa Mallol, Matas, Canals, Can Güero, o la casa de las Marquesas de Llinàs. Son el recuerdo de una forma de vida perdida, recuerdo de la pujanza económica de Roses, cuando el mar estaba rebosante de barcos con velas latinas.

 

Calles por descubrir

Paralela a la avenida de Rhode, se encuentra la calle del castillo de la Trinidad, que forma el barrio, rectilíneo y comercial, vetusto y digno, como las viejas señoras acicaladas. Recorrer la calle del castillo de la Trinidad  permite hacer pequeños descubrimientos: la plaza triangular, callejones sin salida, contraventanas de madera que han resistido el paso del tiempo. Al final, se abre de par en par a la inmensidad de la riera Ginjolers.

 

Barrio de pescadores
El traspaso de la frontera física y emocional de la riera de Ginjolers conduce a otro mundo absolutamente popular y próximo. Es el barrio de la Punta, donde los pescadores más humildes eran los amos. Sus calles estrechas, pero ordenadas por la figura de un ingeniero militar cualquiera, son un pequeño laberinto de sensaciones, continuamente pincelado de viviendas tradicionales de pescadores, artesanos o tiendas sólo posibles hace decenios. Son calles con el murmullo de la gente que pasa, que va y viene, que trabaja en sus cosas cotidianas. Son calles articuladas alrededor de la iglesia parroquial de Santa María, de carácter neoclásico y sus nombres son un compendio de la historia local y nos remiten años atrás. Es un mundo de pocas alturas, de barandillas trabajadas y puertas con sabor de anchoa, de ventanas artesanales y canaleras de cerámicas. El barrio de la Punta es el lugar idóneo para perderse y abstraerse del siglo XXI.

 

Una Rosas diferente
Punto y aparte merece el ensanche levantado la década de 1870 y articulado alrededor de la plaza del general Delgado. Es un espacio dulce y recogido, medido en las medidas, tranquilo y desconocido. Es, en definitiva, la quinta esencia de una Rosas que hace cien años vivía pausadamente, donde el trabajo era lento, pero continuo, donde la vida se aburría por las monotonías cíclicas, donde las cosas se hacían de una manera diferente. // JOSEP MARIA VALLES RUSET



Otros